Desahuciado de cordura

- ¿Sabe una cosa, hermana? Tiene un culo estupendo.

– Válgame Dios. Cállese, hombre.

– Si todas las monjas tuvieran el culo tan prieto como el suyo. ¡Oh sí!

– Compórtese, por favor. Va a despertar a sus compañeros, bastante ha hecho ya dejando la habitación como la tiene, todo tirado por los suelos.

Les recomiendo que lo ingresen, pronto empezará a tener ataques de histeria y se volverá agresivo, más aún, si me dicen que les ha drogado y que les amenaza con intentarlo de nuevo. Incluso ha descrito quienes serán los policías de su caso de asesinato en el cuadernillo número seis. Les digo lo mismo que al principio, cuanto antes ingrese mucho mejor.

– ¿Qué me comporte? ¡Vamos hombre! Llevo aquí toda una vida. Tomando puré y jarabes y lo único que consiguen es darme cagalera. ¿Y esta maldita vía para mear? ¡Puaj!

– Tranquilícese. No es bueno extraer la vía si no es necesario. Además, ya le hemos dicho que no debe hacerlo solo, puede hacerse daño y después mire como se queda el baño. Avísenos a cualquiera de nosotras para que podamos ayudarle.

– ¡No necesito que una monja me la agarre para echar un pis!

– Dios nos da la llaga pero también la medicina. Debe hacer caso a los médicos.

– Ya ve, los médicos.

Muestra número siete del paciente 1984. Leo su cuaderno manuscrito:

“Último día para el caso de asesinato de mi calle.

Yo: Le digo que lo único que hice fue ponerle media caja de pastillas para que se le quedara tiesa. Unos días antes, le eché en la comida píldoras para que no se le empalmara, así esa mujer se jodería una noche sin tirárselo. Pero conseguí que la tía me molestara a mí, claro, como el pito matrimonial ya no funcionaba. ¡Qué asquerosa! Me enseñaba el culo y se agarraba las tetas, y sacaba la lengua llamándome viejo verde. Por eso le puse las pastillas a mi hijo, para que se la tirara y me dejara en paz.

Otro: ¿Y cómo explica que se le hallara a usted con una erección y una intoxicación de arsénico?

Yo: Mi hijo y su mujer estuvieron echándole condimentos a la comida todo el tiempo y cambiando los platos de un sitio a otro. Pero yo no puse lo que dice. Quizá me colocaron el plato que preparé para mi hijo, el que tenía los medicamentos para ponérsela dura, me lo tomé yo y así quedé, como un mástil.”

– Pues sí, le cuidan como a nadie en toda la residencia, ¿sabe?

– Váyase al carajo, hermana.

– Modere su lenguaje. A nuestro Señor no le agrada oírnos hablar así.

– A nuestro Señor le agrada tenerme aquí metido. Con un tubo en la picha, con decenas de benditos culos a los que no puedo tocar y rodeado de esta peste a choto que hay por todas partes.

– ¡Esa boca!

“Otro: ¿Y las puñaladas?

Yo: El pobre hombre se lanzó a por mi nuera cuando la tía se puso a gritar y a lanzarle platos, entonces ella intentó defenderse con un cuchillo y se enzarzaron en una pelea. Después, mi hijo cayó al suelo y yo la golpeé en la cabeza para que le dejara en paz. Luego perdí el conocimiento.

Otro: ¿Usted atacó a su nuera cuando estaba indefensa?

Yo: ¿Indefensa? ¡Agarró un cuchillo para matar a mi hijo! Y si no la hubiese golpeado, vaya usted a saber. ¡Estaba ida! Allí el único cuerdo era yo.”

– Escúcheme hermana, lo que más lamento de mi nuera ha sido no habérmela tirado. ¡Ja! Tenía un culazo más grande y más feo que el suyo, pero sabía como calentarme. La hubiese cogido y…

– ¡Cuídese la lengua! Virgen del Amor Hermoso.

– Oh sí, tan gordo, tan rellenito, tan…

– ¡Márchese al salón!

– Es inútil seguir con usted, hermana. Tanto Señor y tanta educación. ¡Maldita sea! ¡Puaj! Oh sí, su culo su culito. Tráigamelo, oh sí, déjeme déjeme…

– ¡Madre Superiora, rápido, llame al doctor, vuelve a tener un ataque! Está otra vez con lo mismo. Es imposible quitarle estos fantasmas de la cabeza. ¡Ay Dios mío!

– ¿Cree que se recuperará, doctor? Lleva los últimos meses en muy mal estado, la semana pasada incluso hablaba como si fuera su nuera, y al día siguiente como si del hijo se tratara, ayer hasta quería que le lleváramos a comisaría para hablar con un tal Antúnez. Es más, ¿ha visto los nuevos cuadernos que guarda en los cajones? Escribe todo lo que inventa, las conversaciones que mantiene con nosotras, todo, todo está ahí. Es como una obra de teatro.

– Dígale también lo de las revistas pornográficas. Nadie sabe como consigue comprarlas, ya no le permitimos ni asomarse a las ventanas de la calle, pero nada, sigue almacenando cada día más.

– Su enfermedad es delicada. Lo único que podemos hacer es sedarle algunas horas…

– Pues hágalo. Por lo menos no alterará al resto de pacientes…

– Pero no soluciona el problema. Por el momento tengan paciencia y continúen siguiéndole la corriente.

Les remito el último parte de su padre. Su estado no mejora y cada día es más reacio a la hora de seguir nuestras indicaciones. Nos vemos obligados a trasladarle a un hospital más adecuado ya que el personal de la residencia no puede hacerse cargo de él como debiera. Les invito a venir el día diez de Junio para poder explicarles detenidamente y en persona todos los detalles.

– Va a acabar con nosotras, doctor, se lo aseguro.

– ¡Son ustedes el diablo, hermana! Su culo tiene la cola del diablo… del diablo…