foto tuya

Una foto tuya

Una foto tuya se me aparece de repente ante mí. Estás delante del miserable campo de fútbol que había en nuestro antiguo barrio. Sonríes aunque tienes una expresión de mueca por que te da el sol en la cara. Llevas el equipaje del atleti que te regalé. ¿Te acuerdas? Si bien no te regalé muchas cosas, hijo, esa es la verdad, aquella ocasión fue uno de nuestros raros momentos de complicidad, de entendimiento. Si bien nosotros nunca fuimos el padre y el hijo modelo. Si bien tú siempre fuiste el buen samaritano, el hijo abnegado y sufridor, el que aguanta porque tiene que aguantar a su padre. Tendrías que haberme metido en un convento de esos, en un asilo, donde hubiera acabado mis minutos revolcado en mi propioa mierda. Pero no, tenías que llevar tu propia cruz a cuestas, como un nazareno de pacotilla, como los estigmas de un santo místico.

Si bien nunca fui aficionado a ti. Eras tan delicado, tan petimetre… Parecía que te habían encontrado de debajo de las ruedas de un camión descomunal y te habían arreglado un poco presentarte a mí. De niño enfermizo. Te daba por leer, por quedarte en casa. No te interesaba la calle ni lo que había abajo. Pegado siempre a las faldas de tu madre. Y luego esas aspiraciones de estudiar, de ser filósofo o escritor o alguna tontería de esas. ¡Ja! ¡Escritor! Claro, te parecía mal el que tu padre fuera pocero, como tu tió, un trabajo de hombres, el oficio de las oscuridades de la sociedad, los espigadores de las inmundicias humanas. No, el señorito, siempre bien repeinado quería pasarse años interminables haciendo el golfo en la universidad mientras su padre se púdría entre detritos fermentos, desperdicios en putrefacción y abortos humanos. ¿No te gustaba que hablara de lo que me encontraba en esos agujeros de negritud viscosa, verdad? ¿No te agradaba mi olor cuando llegaba a casa, eh? El verte tan “apollardado” y “repolludo” me daba una rabia que no podía controlar y descargaba sobre ti, sí. ¿Y qué? No me arrepiento. Como tampoco me arrepentí al sacarte del colegio y ponerte a trabajar. Algo que siempre tu madre también sintió. Tu madre, otra que tal. Tan santa y tan remilgada, tan sacrificada que no tenía más remedio que ensañarme con ella y ser todo lo bruto que podía. Maldita familia.

Luego te fuiste por tu cuenta al mundo. Total para qué, para acabar con ese fardo de alabastro con pechos y culo que le cuelgan como bolsas, con esa cosa deforme de boca por la que salen sapos y culebras. Alguien parecido a mí, un despojo humano, un desecho, un objeto roto, desmejorado, desvencijado…

…como esta foto tuya, amarillenta, carcacomida.

Se acercan de nuevo. Los insectos gigantes con batas blancas, los seres deformes en traje y corbata con gigantescos ojos oculares como cabeza. Los puedo percibir a pesar de mi vista casi inútial. Se acercan. Ya no me dan miedo. De hecho me río, mira.

Acabemos de una vez.

Publicado por

Pedro

Pedro. 22. Aprendiz de periodista.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>